Rosetta
/Víctor Ulin/
Había elegido Panadería Rosetta para decírselo. Pero no le diría la verdad. La causa.
Lo decidió así después de muchos días de darle vueltas.
No quiso que fuese en la casa. Primero tenía que decírselo a ella, por respeto.
En la Rosseta la había conocido esperando su turno para una mesa o un lugar en la barra en la que se sentía más cómodo.
Entre extranjeros que viven y vienen aquí, Susana sobresalía por su delgadez y su cara clara, sin huellas de maquillaje. Pero a él lo embrujaron sus labios que se anchaban con su sonrisa.
Se frotó las manos que le comenzaron a sudar como aquel día de hace 20 años que dudaba si le preguntaba cómo se llamaba.
A Susana le sorprendió que Alejandro la citara en el lugar en el que se conocieron.
-Su mesa está lista señor, le informa el joven Fabián que anota y está pendiente de los comensales que llegan.
Alejandro dejó de pensar en Susana y empezó a buscar las palabras que usaría para matizar la noticia.
-Veinte años juntos, balbuceó en voz alta mientras alzó la mirada al cielo.
Alejandro sentía que nada era igual. Que se había estancado, como un poco de agua en un charco después de una lluvia intensa.
En eso estaba cuando alguien muy cerca pronunció su nombre. Era Susana.
Alejandro dibujó una sonrisa que iba acompañada de una idea que traía desde la mañana: no debo tardar cuando la vea.
Quería que Susana aceptara la decisión sin resistencia. Era una esposa a la que no le podía recriminar nada. Había estado al pendiente de sus hijos que ahora estaban en la universidad y se daba tiempo para trabajar parte del día en una oficina de agencia de viajes en la ciudad.
Con los dos trabajando, les iba bien como para darse un gusto en algún restaurante o cafetería de la colonia Roma.
Alejandro venía con regularidad al lugar, casi siempre solo para tomarse un café, comerse un role de guayaba y leer un libro de ficción.
Susana se le queda mirando.
-¿Y ahora a ti qué mosca te picó? ¿A qué viene tanto misterio?
-¿eh?, perdón. Me quedé pensando. Todo bien.
No le dijo a Susana que pidiera algo. Quería alejarse lo más rápido de su pasado.
Apretó la garganta y se mojó los labios.
-Es que quiero decirte algo importante. Tú sabes muy bien que nos hemos hablado con la verdad. Y que si algún día pasaba íbamos a respetar la decisión que alguno de los dos tomara.
-Sí, claro. ¿Pero qué pasa, le insiste Susana que ha dejado la sonrisa de lado y que estaba a punto de sacar su dolor por los ojos.
Alejandro siente más que un nudo. Es como un remolino que se le metió en la panza.
-No te voy engañar a ti, mujer. Pero quiero el divorcio.
Susana se quedó callada un momento.
-No te entiendo Alejandro. ¿Estás loco? ¿Por qué?
Lo miró de frente sin encontrar su rostro. Volvió a tomar su bolsa esperando una respuesta que no habría. Se levantó llorando y se fue sin despedirse, sin volver la mirada.
Alejandro tuvo un ligero impulso de pararse.
Adentro de la panadería, detrás de la barra desde donde había visto la escena, Gabriela, la joven que atendía, buscó los ojos de Alejandro y apretó los labios, como dándole un beso. Alejandro le sonrió, discreto.
