Rosalinda
/Víctor Ulín/
Llegó como una piedra rodando en busca de un destino. Apareció una mañana sentada en la pequeña barda de la casa de la vecina.
La vi desde la ventana de la cocina de mi casa. Mi madre también.
-¿Quién será?
Supe después que era una presunta familiar de unos vecinos de no muy buena fama en la colonia.
Los fines de semana sacaban machetes y peleaban. Eran sábados y domingos de brindis con cervezas y una música que escuchaba hasta la casa.
-Es mi tía, me dijo Rosalinda en una de las ocasiones en la que platicamos en la bardita. Le había preguntado si mis vecinos eran sus familiares.
Parecía una niña. Tenía 20 años, pero aparentaba unos 15.
Era muy delgadita. Sus ojos estaban como cansados cuando hablaba, o intentaba articular una frase más larga para responder. Sus palabras terminaban como barriéndose en sus labios.
Estaba quemada de sol. No adiviné si esa piel en algún momento fue blanca o clara.
Desde el día que llegó hasta el último en el que la vi, cargaba una bolsita transparente que contenía Resistol 5 mil.
Aspiraba por momentos la bolsa mientras platicábamos o cuando iba y venía y pasaba por la calle de mi casa.
De ella solo supe lo que me contó después de que me gané su confianza. No recuerdo si le conté un chiste o si le di algo de comer.
A mí madre no le gustaba mucho verme con ella. No me lo decía, pero le veía ese rostro que aprendí a leer desde pequeño.
No sé cómo estábamos hablando de libros. Me dijo que le gustaba leer. Le prometí que le regalaría uno.
Fueron las pocas veces en que ambos sonreímos.
Había días en que no la veía en la barda. Pensaba que así como había llegado iba a desaparecer un día.
No sabía si me iba a poner triste si no la volvía a ver. Quizá sí, como ahora.
Cuando le dije que tenía que irme de la ciudad a la frontera para cruzar al otro lado, se puso triste. Lloró un poco y me pidió que no me fuera. Que no la dejara.
Ya le había prometido a mi madre que iría a los Estados Unidos. Creía eso de que de verdad existía el sueño americano.
Necesitaba ganar dinero para ayudar a mis padres y hermanos.
Se lo expliqué, pero no quiso entenderme.
Desde el día que le conté que me iría, dejó de llegar con regularidad. Ya casi no me hablaba y pasamos mucho tiempo sin decirnos nada.
Por un momento dudé en marcharme.
En la víspera de mi viaje a la frontera, me despedí. La abracé. No quería soltarme. Cuando lo hizo se fue llorando a casa de su tía.
Lloraba como lloró mi madre cuando me contó lo que pasó después.
Nunca me lo dijo por teléfono. Esperó a que volviera.
-No quiero que te vayas a poner triste, hijo.
-¿Te acuerdas de la muchacha?
-¿De Rosalinda?
-Sí, ella.
-¿Qué le pasó madre?
– A las pocas semanas que te fuiste, la encontraron allá en la orilla del río. Cuando la sacaron de la bolsa, estaban sus manos rígidas abrazando un libro.
