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Espejo CitadinoVíctor Ulín

La traición

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/Víctor Ulín/

Al abrir la puerta del cuarto, Virginia se quedó helada.

No sabía si insultar o salir corriendo. O ponerse a llorar.

Fue un instante que arrasó como fuego a su paso todo los años que vivieron compartiendo la misma cama.

Desde que se conocieron, fueron como una sola sombra. Un mismo latido.

El amor había llegado por fin a las puertas de su corazón. Lo había dejado pasar como una ventana al aire.

Virginia había permanecido sola desde que su última pareja la había dejado.

Un día amaneció en el cuarto de su casa y el clóset estaba vacío hasta de recuerdos.

Pasó mucho tiempo para volver a enamorarse. Hasta que sucedió una tarde mientras tomaba un café y se fumaba un cigarro mentolado, con una pose de intelectual que atraía las miradas de la gente.

Era sofisticada.

Le gustaba distinguirse con el Chanel.

Cuando vino a reaccionar, una persona ya estaba sentada en la misma mesa.

-Hola, disculpa el atrevimiento. Qué rico hueles.

Solo sonrío.

Fue el inicio de una relación amparada por el corazón. Pensó que había llegado el día de casarse frente a los ojos de quienes le cuestionaban su soltería.

Lo hizo.

Ante el juez, le juró amor eterno.

Se besaron como si sus labios nunca lo hubieran hecho. Como dos ríos secos.

Estaba convencida de que no tenía que seguir buscando. Que por fin se habían acabado los años de naufragio y de experimentos que terminaban mal: o dejaba o la dejaban. Ya se había cansado de estar probando. De ser un trotamundos de cuerpos. Y los años sumaban, inflexibles.

Estaba enamorada. La desbordaba ese sentimiento que a veces ciega y otras tantas embrutece. Y a veces también mata.

Su felicidad no pasaba desapercibida ni en el trabajo ni entre sus vecinos que la felicitaron cuando se enteraron que se había casado. No la juzgaron. Cada vez es más normal.

-¡Por fin sentaste cabeza! Lo importante es que ya tienes quien te acompañe, le dijo una de sus amigas del trabajo.

Su vida transcurrió sin mayores sobresaltos. Tenía estabilidad laboral y económica. Se sentía segura. Era la que pagaba las facturas. El hombre de la casa.

Sus mejores horas era cuando llegaba a casa. Dejaba las zapatillas en la entrada.

-Ya llegué amor.

-Ya está la cena,- le respondían -. Ahora te alcanzo.

Lo primero que hacía antes de cenar, era bañarse y después meterse a la cama como si fuera una pira encendida.

Buscaba el cuerpo que para entonces estaba desnudo, esperándola. Sentía que por fin Dios la había perdonado y premiado con un cuerpo más joven que el suyo. Era suave. Con su nariz le erizaba los bellos de la espalda. Sus manos eran artesanales y su lengua, diestra.

-Te amo, le susurraba cada vez que terminaban viendo al cielo y suspirando despacio.

Sintió con los días que su corazón no estaba saciado completamente.

No lo pensó mucho cuando dejó de llegar temprano a casa y comenzó a quedarse dormida en otra. Era demasiado perfecto para que durara.

Si no hubiera dejado su celular abierto, nada de esto hubiera pasado. Ni mucho menos se habría separado y terminado su matrimonio.

Frente a las fotos íntimas que le habían mandado con un “te extraño”, no tuvo mayor defensa para responder a su pareja que salió de su casa corriendo, llorando. Maldiciendo el día que se habían jurado amor.

Pensó que la llamada que recibió por la mañana era para el perdón que estaba esperando. Se arrepintió de haber intercambiado camas y vuelto a probar otro cuerpo.

En un sobre su pareja le dejó en el trabajo la llave del departamento en el que vivía.

No había más instrucciones que la dirección.

Solo el olor a Chanel.

Llegó a la hora citada.

Abrió la puerta.

No vio a nadie.

Se dirigió al cuarto.

Abrió la puerta.

Encima de un hombre al que no le vio la cara, estaba Susana.

La miró de frente.

Sonreía.

Lloraba.

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