Pavo Panela
Víctor Ulin/
Te reconocí al verte en la fotografía del diario. Hasta entonces no sabía tu nombre.
Te vi entrar por la puerta muchas veces. La última vez lucías un vestido morado que se ajustaba a tu silueta. Traías los labios sinuosamente pintados de rosa.
Cuando entrabas abriendo la puerta de cristal de par en par todos te mirábamos.
Te seguíamos hasta tu mesa de dos sillas y te sentabas sin que nos miraras.
Yo te observaba de reojo. Desde que te sentabas hasta que te ibas. Cómo abrías el libro y te ibas tomando a sorbos tu bebida.
Cómo mordías el sándwich pavo panela que pediste siempre.
Lo noté desde la primera vez que no nos vimos de frente. Que entraste directo a la caja para comprar.
Te gustaba sentarte en la parte de afuera de esta cafetería en la que los baristas ya nos conocen a los dos.
Todos podíamos verte desde dentro por la transparencia del cristal y tú mantenías la cabeza en el libro o mirando hacia el río.
Coincidimos sin coincidir en esta cafetería por las noches.
Yo llegaba primero. No te esperaba. Pero entrabas a la misma hora. Te formabas en la cola y el barista te hacía la pregunta solo por formalidad: ¿ qué va ordenar?, porque se sabía de memoria lo que le pedirías.
Esperabas en la fila mientras sobre ti desfilaban las miradas de extraños, la mía entre ellas. Pero no eras una extraña desde que algo faltaba cuando no llegabas.
Tomabas la pequeña bandeja donde iba tu sándwich pavo panela y salías a la terraza de la plaza donde había más mesas.
Pasabas delante de mis ojos.
Con el tiempo relegué tu licra y blusa corta cuando llegabas.
Había que oler tu cabello sin olerlo. Mirarte los ojos grandes sin estar de frente, tus cejas pobladas y envidiarte la perfección de tu nariz.
Muchas veces mi impulso de pararme y caminar hasta tu mesa tuve que reprimirlo. Ahora me arrepiento.
La distancia entre nuestros destinos fue solo una palabra.
La última vez que te vi llegaste con tu vestimenta deportiva.
Adiviné con los días que acudías al gimnasio al que no llego y que se encuentra en la plaza.
No recuerdo verte sonreír en ninguna de las ocasiones.
Muchas veces me pregunté si serías casada, si tendrías hijos, si eras feliz.
El periódico me confirma que eras soltera. Que vivías sola. Te llamabas Sofía.
No dejaste carta.
Solo encontraron varios frascos
en la mesita de tu cuarto.
