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Espejo CitadinoVíctor Ulín

Amor eterno

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/Víctor Ulin /

Hubieras preferido que se marchara sin despedirse. Ver algún volante pegado en el poste con su nombre: se busca.

Ahora estás con tus amigas poniéndole nombre a tus cicatrices. Lloras mientras les cuentas.

Los lentes negros no alcanzan a cubrir lo rojo de tus ojos. Ni tu nariz puede contener el moco que absorbes con una servilleta.

-El muy maldito

Diez años tomándose de las manos no es tan fácil de olvidar.

Te habías imaginado vestida de blanco entrando a la Iglesia y firmando ante el juez tu matrimonio.

Tu madre te había dicho que ya te casaras. Pero Rubén seguía dándote largas.

Los papeles se habían invertido: él fue el primero en pedirte que se casaran cuando cumplieron cinco años de novios. tú tenías 20 y él 21.

-Están muy chicos, te dijo tu madre cuando le platicaste lo que Rubén te había pedido después de que hicieron el amor en tu casa.

-Ya será después, aún somos jóvenes, le respondiste a Rubén cuando te preguntó tu decisión.

Tu respuesta lo enojó, pero la aceptó. Nada pareció cambiar. Tú te fuiste enamorando que ni cuenta te diste cómo pasaron los años a su lado.

Aquí es donde te quedas callada, como en un bache, cuando cuentas lo idiota que fuiste por creerle.

-El muy cabrón.

Todo el tiempo andaban juntos.

Nunca hubieras imaginado lo que viste. Ni con quién. La familia es la familia, habías dicho.

-Es que lo amo, de verdad lo amo-, le confiesas a tus amigas que se te quedan viendo, como pidiendo, con miedo, no estar en tus zapatos.

-¿Y ahora qué haré?, te preguntas como si quisieras vaciarlo desde tus entrañas.- Si le di todo lo que soy. Y mira cómo me paga.

Notaste que Rubén empezó a distanciarse, pero tenía excusas para justificar las veces que te plantaba.

-¡Yo los vi!

Así había sido. Los habías visto. Detuviste el carro en ese momento para cerciorarte de que eran ellos.

Quisiste echarle el carro encima y aplastarlos. Bajarte y gritarles. No pudiste. Te quedaste congelada.

Interrumpes para secarte las lágrimas.

Las palabras de tus amigas no te consuelan.

Una te dice que casi le pasó lo mismo. Y te sugiere ir a su psicólogo para que aceptes lo que viviste con Rubén.

Pero lo viste con tus ojos.

Lo viste sonreír como hacía mucho no lo hacía contigo.

Y ahí, a su lado, tu prima Raquel, la que se había venido a vivir a tu casa. Echándose en su brazo. Besándole la mejilla. Oliéndole el cuello. Entrando al motel donde tú y Rubén se habían prometido amor eterno hace diez años.

 

 

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