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/Víctor Ulín/
Antes, esperabas que el cielo bajara su cortina para correr al clóset y elegir el mínimo de ropa como si la luna de miel nunca hubiera terminado.
Te comías los minutos en su espera. Sonreías imaginando lo que le pedirías.
Hoy caminas despacio al clóset.
Abres el primer cajón. Descartas las prendas que más te gustaban y eliges las que acomodabas en el fondo.
Tu esposo llegará en media hora. Ya no se detendrá en la cocina para cenar lo que le dejas en la mesa porque suele llegar tarde, por el trabajo.
Te sientas frente al espejo para delinear tus labios con el gloss que elegiste esta tarde.
Miras el reloj y bostezas. Vuelves a verte en el espejo de luces que compraste durante los primeros días después de casarte.
Estás lista. Esta vez no lo expresas. Es lo que más te intriga: sigue siendo tu esposo y duermen juntos otra vez desde hace un mes.
Ahora está más pendiente de ti. Te da su beso por la mañana cuando despierta. Te pregunta cómo estás cuando llega del trabajo y te pide que le cuentes lo que hiciste. Te abraza y te dice te amo con frecuencia.
Ayer por la noche volvió a planteártelo mientras veían una serie en Netflix y comían palomitas. Reían mucho. Él aprovechaba para acariciar tus manos y hablarte con los ojos de nuevo.
Le dijiste que sí, que mañana.
Se puso tan feliz que te abrazó fuerte y volvió a besarte la cabeza y a decirte te amo en voz alta. Sonreíste. Desenterraste el te amo.
Vuelves a mirar el reloj. Ya casi son las 10. Bostezas. Revisas el mensaje que acaba de llegar para leer que ya voy llegando “mi amor”.
Ok.
Te acuestas un rato, con los ojos mirando el blanco de tu techo.
Escuchas como la llave abre la puerta de la casa.
Es él. Unos segundos y ahora está cediendo la manija de tu cuarto.
-¡Hola mi amor!
Espérame tantito, te pide en lo que se mete al baño.
Unos minutos después sale. Lo observas de la cabeza a los pies. Mientras tu sangre parece resistirse y la voluntad te dice lo contrario.
El primer beso no lo sientes. Ni en el corazón ni en tus labios.
Dejas que sea el instinto el que te guíe. Sus manos y su lengua son extrañas en tu piel.
Tus manos están inmóviles a sus espaldas. La sangre somete a tu pensamiento, pero tus emociones están escondidas.
Unas gotas de lágrimas apenadas salen huyendo, mientras el instinto te eleva al cielo sin estrellas y sin su luna.
Regresas.Ni cuenta se dio que lloraste.
No le dices tampoco lo que pensaste desde que sus labios reencontraron a los tuyos esta noche, luego de compartirlos con Susana, su amiga, aquel día que los encontraste.
