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Espejo CitadinoVíctor Ulín

El fantasma

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/Víctor Ulín/
Mira a los lados los locales mientras atraviesa la plaza comercial. Parece interesado en lo que venden.
Cada paso es un segundo deletreado.
La espalda curva.
El pelo cano.
Se detiene en el local de los lentes. Entra. Se dirige a los estantes donde están los de sol. Toma uno. Desliza sus dedos sobre el armazón. Sus ojos lo imaginan en su rostro. Suelta una leve sonrisa. Debió acordarse de cuando no tenía que usar los lentes de aumento de ahora o cuando usaba los lentes polarizados de para ver pasar a las bañistas mientras bromeaba con sus amigos.
La joven de ventas le pregunta si le gustaron. La mira. Sostiene la sonrisa y le responde que se los está probando, que revisará otros lentes, que aún no se decide.
La joven toma una prudente distancia desde donde lo observará hasta que se marche sin comprar nada y salir caminando tan lento como entró hace unos minutos al local.
Vuelve al pasillo de la plaza.
Seguirá mirando a los costados. A la gente que pasa a su lado, a los que van más lejos o están cerca, a los que se crucen en su mirada. Ningún rostro conocido.
Llega a la cafetería que está en el fondo de la plaza. Buscará en el café a los amigos que ya no están.
Pasa y se sienta en una mesa de dos sillas. No hay mesas de una silla en ningún lugar.
Pedirá que lo atienda una joven. Es la misma que lo recibe con una sonrisa que espera ver cuando sale de casa donde vive con su esposa, jubilada.
Le pedirá lo de siempre: un café negro. Y un pan.
-¿Cómo has estado? Le pregunta. La respuesta no ha variado desde entonces.
-Muy bien, gracias.
El sonreirá. Durante las dos horas que estará en el café la observará y volverá a recorrer sus labios pintados de glose, sus ojos amielados, su cabello largo.
Sorberá el café casi gota a gota. Como acariciando la textura del café tostado, caliente.
Acariciará la taza blanca cada vez que la tome para sorber y vuelva a posar su mirada en Graciela, la empleada.
A veces le trae regalitos. Ella los acepta. Le da las gracias.
Hoy está un poco más inquieto que de costumbre. Es una idea que le rondaba la mente desde hace unos días.
No se trata de su esposa con la que duerme hace 40 de sus 75 años de edad, y con la que dejó de salir con frecuencia. A veces van a desayunar o a comer. Si en casa platican poco, cuando salen es menos. Cada uno en su celular. Como si ya no tuvieran palabras que pronunciar y solo haya quedado el silencio.
En la tarde, cuando vuelve a su casa de la plaza y de tomarse un café, solo saluda con un gesto y “ya regresé amor”.
Se queda en la sala. Toma el control del televisor y busca el canal de los deportes. Le gusta el fútbol.
Cuando observa su reloj, ya son las nueve de la noche. Ya no cena. Sube a la habitación donde su esposa está durmiendo. Se pone su pijama y pantuflas.
Duerme. De espalda.
En la mañana, cuando baja, lo espera su plato de papaya y sus huevos rancheros, mientras su esposa está comiendo. Sería.
-Buenos días
-Buenos días
-Provecho.
-Gracias
Su esposa termina antes.
-Subiré al cuarto.
-Está bien. Solo iré un rato a la plaza y regreso.
-Está bien.
Termina su desayuno. Sube a la habitación a vestirse. Baja y verá mientras la televisión en lo que dan las 11 de la mañana que abren la plaza.
Ahora que está aquí en la cafetería sentado duda si le dice o no a la joven lo que ha venido pensando desde hace mucho.
Cree que es mejor escribirle en un papel que traía en la bolsa del pantalón.
Le sonríe.
Llama a Graciela como para pedirle otro café, pero solo le entrega el trozo de papel.
Graciela lo toma. Se va al fondo de la cafetería y lo abre. Lo lee y escribe en el reverso la respuesta:
-Gracias. No puedo.
Don Roberto lo leyó varias veces. No levantaba la mirada.
Sacó 100 pesos para pagar su cuenta. Lo dejó en la mesa y salió sin despedirse.
El no de Graciela a su invitación para salir a comer mañana, solo lo había puesto un poco triste.
Volvió sobre los pasos de la misma plaza y a mirar a los lados. Como si esta vez estuviera interesado en comprar algo.

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